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NUESTRO EMBAJADOR EN ELEA: VOL. 7


Primer día de noviembre y último de la crónica de nuestro embajador en ELEA en una versión extendida (advertimos porque sabemos que con tres líneas de textos ya les duele la cabeza).

Seis

Pasé la última noche del ELEA visitando de vez en cuando la enfermería porque una amiga se intoxicó con una reineta del Mercado Central de Temuco (al día siguiente me vendría la intoxicación desfasada en pleno viaje a mi ciudad). Mi amiga yacía en la única camilla mientras una paramédica torpemente le pinchaba intentando encontrarle una vena para inyectarle suero.

Contra todo pronóstico, en mi paciente vigilia no me aburrí porque entre el paramédico y otro tipo del staff comenzaron a contarme lo peor que había ocurrido hasta ese entonces en el ELEA. Pura morbosidad. Y pregunté sabiendo que las historias médicas en ELEA son intensas y de hecho, tengo un recuerdo algo difuso sobre el tipo que se quedó hospitalizado en Brasilia durante semanas por una enfermedad mal tratada (y no advertida).

Por razones que desconozco, varios se enterraron clavos en pies y manos; una chica (no revelaremos siquiera nacionalidad) se volcó en un baño químico con toda la mierda encima; varios en coma etílico traídos a la enfermería como si de cadáveres se trataran y la peor de todas: una chica con trastorno de personalidad amenazó con acuchillar a quien osara acercarse a su carpa y luego terminó golpeando a tres guardias fosforescentes para luego trasladarla a Santiago… en helicóptero.

No crean que festino con esto. Es más, me dejó pensando algoque se te viene a la mente cuando ves un accidente: ¿y si me ocurriera a mí?. Esa reflexión me dio vueltas en la cabeza mientras acompañaba a mi amiga con el suero que lentamente corría gota a gota por sus esquivas venas y me temí que esto terminara mal: cuando la llevé a enfermería, de sopetón sugirieron llevarla a algún hospital en Temuco y en un par de segundos, me acomodé a la idea de estar en una sala de espera desabrida, con la humedad reptando las paredes y un televisor transmitiendo cualquier cosa a eso de las 3 de la mañana con tal de mantenerte despierto.

No terminó así y mi amiga durmió esa noche ahí. Curiosamente durmió mejor que el resto: calentita, abrigada y sobre un colchón. Un lujo por aquellos días.

¡Continúa este crónica en su última edición hoy miércoles acá!

 

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